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Vida y milagros de un personaje de los videojuegos. Deus Ex Machina

  • by casidios
  • noviembre 28, 2008

K. despertó tras el primer aviso del despertador. Envuelto en un sudor frío agarró la ropa de cama que lo envolvía y se cubrió con ella la cabeza. Le gustaba el olor que había entre las sábanas cada mañana. Era algo sucio, aunque tenía también algo de excitante. Le recordaba cuando se escondía en la cama de sus padres los domingos por la mañana. El olor era el mismo. Su cama olía igual que la cama de su padre.

Debajo de las sábanas K. observó su barriga. Había crecido bastante. Más que bastante. Era una señora barriga. Sus ojos fueron descendiendo hasta fijarse en otra parte de su anatomía. Nada. Nada de nada. Desde hacía dos años no había nada de lo que asombrarse de lo que pasaba allá abajo. Más bien se asombraba de lo que no pasaba.

Mientras terminaba de desperezarse K. caminó hacia el baño. Una sonora ventosidad hizo que temblara la mampara de la ducha. Ocurría todas las mañanas. K. contempló su imagen reflejada en el espejo. Estaba igual que ayer. Al menos para él, que se observaba a diario. Sin embargo durante los últimos años su físico había cambiado. No es que le hubiera crecido el pelo, más quisiera, era calvo desde que tenía memoria. Sin maquillaje en el cuerpo, con treinta kilos más acumulados principalmente en su barriga y vestido con un pijama de rayas, difícilmente un amigo de la infancia lo habría reconocido.

Terminó de arreglarse, si es que embutirse en un traje oscuro y apretarse una corbata significaba arreglarse, y salió de casa. Antes de que pudiera cerrar la puerta la vecina de al lado se había asomado a chismear en el rellano. Y antes de que pudiera decirle hola se había comprometido a pasarse el fin de semana pintándole los techos de la casa.

K. salió a la calle y se paró un instante a observar el cielo. Levantó la cabeza y se puso a buscar algo (¿o a alguien?) entre las nubes. No pudo encontrarlo. Una piedra lanzada por unos niños del vecindario le sacó repentinamente del ensimismamiento. El impacto en la sien no produjo dolor, aunque notó el lento y cálido fluir de la sangre por su mejilla. ¡TE HAN DEJADO, GILIPOLLAS! ¡MI PAPÁ DICE QUE TU MUJER NO LE COBRÓ POR CHUPÁRSELA! ¡PRINGAO, QUE TU MUJER SE HA IDO!, gritaron los niños gritaban mientras se alejaban corriendo. Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la sangre. Las letras G y W estaban grabadas en una esquina.

K. entró en la oficina con la docena de donuts que compraba cada mañana. Su primera día en la empresa los llevó como una señal de amistad hacia los que serían sus compañeros; los donuts venían a decir, “hola que tal, voy a trabajar con vosotros, tratadme como uno más”. Unos días después, esos grasientos pasteles se convirtieron en un “aunque me ignoréis no voy a claudicar, seguiré trayendo el desayuno cada mañana”. Varios meses después significaban una oronda y espléndida barriga. Una señora barriga.

Sonrió a todas las personas con los que se cruzó de camino a su cubículo. Si alguien quiere el desayuno está en mi mesa como cada mañana, gritó. Recogió la caja medio llena del día anterior y la tiró a la papelera. Mientras se quitaba la chaqueta y se acomodaba en el asiento echó un rápido vistazo a la foto de su mujer y su hija. Recordaba el día en que la sacó. Habían pasado la mañana en el circo. Su hija se asustó al ver como rugían los leones y lo agarró tan fuerte del cuello que casi le hizo daño. Su hija asustada por un león. Ironías de la vida. Si ella hubiera sabido de qué tuvo que salvarla, unos leones del circo le habrían parecido gatitos. Suaves, rechonchos y cariñosos gatitos.

Encendió el ordenador y abrió el correo electrónico. Tiene usted veinticuatro mensajes en la bandeja de entrada. De un rápido vistazo contó un correo de su supervisor, uno de su amigo David que le proponía ir esta noche a emborracharse y veintidós mensajes de spam. Rolex, xanax, casas en el Caribe, mujeres rusas que buscan marido, niños con raras enfermedades que necesitan dinero para curarse en otro país, viagra… Parecía como si los spammers hubieran puesto una webcam en su vida: conocían a la perfección sus necesidades. Un reloj de oro para tener algo nuevo de lo que presumir, medicamentos para curar sus problemas intestinales, una cabaña lejana en la que esconderse de todo. Lo de la esposa en Rusia sonaba bien, total, las mujeres griegas y estadounidenses no le había dado más que disgustos…Los niños enfermos le apenaban y se imaginaba que tenía dinero para curarles sus enfermedades y ellos se lo agradecían con el cariño que ya no tenía. Y la viagra… La maldita viagra. Tal vez tendría que escribirles pidiendo dos cajas.

- K., ¿tienes un momento? – dijo Clifford asomando la cabeza en su cubículo. Necesito en mi mesa todos los informes de gastos de los dos últimos años ordenados cronológicamente y por CIF. Y lo quiero dentro de veinte minutos.
- ¿Todos? Pero…- intentó responder K. apesadumbrado. Clifford replicó sin darle tiempo a terminar su queja.
- Todos. Y no estaría de más que incluyeras los balances de ingresos y gastos organizados semanalmente del mismo período. Y por cierto, el tomo que te pedí que rehicieras la semana pasada es una puta mierda. Te lo he dicho mil veces, no uses gráficos de barras, usa columnas. COLUMNAS, cojones, que estoy harto de decírtelo.

En otro momento de su vida no habría tardado un instante en partirlo por la mitad. En agarrarlo del cuello con sus manos y apretar hasta reventarle las vértebras. En introducir un puño en su vientre, agarrar sus entrañas y colgarlo de ellas por la ventana. En golpearlo contra la pared hasta que su rostro quedara más liso que un folio en blanco. En otro momento de su vida nadie se habría atrevido a hablarle así. Pero ya no le tenían miedo. En los últimos dos años se le había ocurrido lo que al león del circo. Se había convertido en un rechoncho y dócil gatito. Había perdido la fuerza, había perdido el poder y, lo más importante, había perdido las ganas. Clifford lo odiaba a muerte desde el primer día que puso un pie en la empresa. Le había cogido manía. Pero K. no podía evitar ser hijo de quien era. No podía luchar contra ello. En el pasado pudo luchar casi contra cualquier cosa. Pero no contra su sangre. No contra su origen divino.

Clifford se marchó murmurando. Tenía trabajo que hacer. Sin embargo, antes de que pudiera organizar sus papeles sonó el teléfono.

- Sí, dígame – contestó.
- Hola, soy yo – respondió una voz femenina. Tenemos que vernos…ahora. Te estoy esperando en la cafetería de siempre.
- ¿Ahora? – respondió K.. Tengo que entregar unos informes en veinte minutos…
- Si no quieres venir no tienes que hacerlo- fue la respuesta al otro lado del micrófono. De todas formas la cosa no se puede poner peor entre nosotros. – Hubo un tenso silencio -. A mi me da igual si vienes o no, K.… Yo preferiría no tener que verte. Pero no lo hago por mi, lo hago por ella.
- ¿Qué dices? ¿Está ahí, contigo? – se sorprendió.
- Sí; está comiendo un helado – a través del auricular se adivinaba ruido en la cafetería. ¿Vas a venir a despedirte o tiene que empezar ya a olvidarse de su padre?
- ¿Cómo? ¿Te la quieres llevar? – gritó sorprendido K.. ¡No lo permitiré, no voy a consentirlo!
- Perdiste todos tus derechos cuando te sorprendí en casa con esas dos prostitutas – dijo calmada su mujer. No tienes derecho a pedir nada, cabronazo.
- Pero no… no puedes llevártela contigo. No donde tú vas. Son ocho mil kilómetros…
- Mira K., una cosa tengo segura – respondió firme-. Donde no se va a quedar es en California, contigo, mientras te subas a casa a follar a todas las putas baratas de Sunset Boulevard.

Su mujer colgó el auricular y K. quedó marchito al otro lado de la línea, abatido y derrotado como un gato sin uñas. Y mientras tomaba una decisión, ir a despedirse de su hija o cumplir su obligación laboral, sintió que el odio que en el pasado se había apoderado de su razón comenzaba a roer las esquinas de su cordura…

(continuará…)

Etiquetas: Relatos

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